Notas del cuaderno de la profesora: Online por la media cuarentena

3-4-20

Perdón por la ausencia, pero creo que llegué a un punto de saturación con esta pandemia. La cuarentena perdió su carácter de novedad, y ahora se vuelve tedio e irritación, especialmente, con la persona con la que estás conviviendo. Empezás, de a poco, a notar más las cosas en las que falla que las que acierta, si hace una cosita, a nuestro juicio, mal, le gritamos, ausente la paciencia y con exasperación, ya cansados de todo y de todos y de nosotros mismos.

¿Cuándo va a terminar todo esto? Va a terminar o se va, lentamente, a transformar en otra cosa, nueva, o no, una reinvención de la historia, alguna manera “improved” de hacer las cosas. ¿Versión 2.0, 2.1 de la sociedad occidental? ¿De la raza humana? ¿Cómo lo llamaríamos a esto? Porque esto es un experimento global, nos incluye a todos, los mas o menos jodidos, del planeta.

Estamos todos jodidos, de una manera u otra, aunque algunos, mucho más jodidos que otros. El sector de la cultura, o el entretenimiento, los festivales, por ejemplo, están bien jodidos. Tal vez es una buena oportunidad para sacarse de encima todo eso, esos sectores de la sociedad de los que ya hace rato nos queríamos deshacer, pero no encontrábamos una buena excusa. Ahora la hay: abajo con la cultura, la industria del entretenimiento “en persona”, las congregaciones, la unión física de los ciudadanos porque el coronavirus así lo impone. (Ya me estoy yendo por el lado de las conspiraciones, demasiado, dejémoslo ahí.)

¿Y qué de los trabajadores que diariamente, por un salario mínimo, arriesgan sus vidas para que nosotros tengamos comida, para que la ciudad esté limpia, que la basura se recoja, que los servicios básicos funcionen? ¿Quiénes se ocupan de todo eso? Ellos, los trabajadores del fondo de la pirámide, los que reciben los peores pagos, y, por ende, los menos valorados y apreciados por sus congéneres.

Ahora nos damos cuenta cuánto los valoramos a estos chicos, (cuánto los necesitamos) a estos trabajadores que llenan los supermercados por un pago miserable, los que hacen los trabajos que nadie quiere hacer. Ahora nos damos cuenta de lo importantes que son.

Hoy llené mi formulario para pedir el subsidio a los trabajadores independientes, por lo del coronavirus. Hoy me dijeron que el lugar donde doy clases permanecerá cerrado hasta el 1 de junio. O sea, no clases físicas, presenciales, hasta ese entonces. De golpe, yo y otros como yo, trabajadores independientes, somos dependientes porque, gracias al coronavirus, estamos ahora colgados de la teta del estado.

Estoy dando algunas clases online, pero no es lo mismo, es mas difícil. Falta la presencia.

Los veo a mis alumnos ahí, del otro lado de mi pantalla, en ese cuarto desconocido, solos, y me doy cuenta de que hace falta la presencia. Es como si mi presencia, cuando estamos en las clases normales, los hiciera sentirse acompañados, y qué raro, pero así, solos, pareciera que se equivocaran más. En la primera clase noté eso, y me pareció que hacía falta mi presencia, junto a ella, alentándola a seguir, para que se sintiera con mas confianza y cometiera menos errores. 

Me da la impresión de que hace falta la presencia del maestro para aprender. Porque la presencia del maestro irradia una energía cálida y generosa, acogedora, como una gallina ponedora con sus pollitos, y por eso, los chicos, les tienen confianza, se sienten acompañados, y aprenden.

Y bueno, habrá que acostumbrarse, así, a la distancia, y darse cuenta de que ellos a mí me hacen falta también.