Nuevos Vecinos, de Crónicas Schevingeanas

This is one of the prose poems in the book Crónicas Schevingeanas, published by Valparaiso Ediciones. Long live the new neighbors! (oringal in Spanish)

 

LXXXI

Los Nuevos Vecinos

 

Ya empezaron los nuevos vecinos de arriba a tirar cosas, o digamos, para ser correctos, a dejar caer cosas a nuestro patio. Primero, se cayó un calzoncillo. Yo no me di cuenta, pero en algún momento salí, y escuché una voz que venía de arriba. Miré y vi a un chico, rellenito, con cara redonda y rubio, que estaba mirando hacia abajo, y me llamaba a mí, ¡Mevrouw54! Estaba señalando algo en nuestro patio. Y entendí, sí, aunque mi holandés sigue siendo primitivo, entendí. Se había caído una prenda de la soga de la ropa y quería que se la diera. Entonces busqué a mi alrededor, y lo vi, en nuestra soga, al calzoncillo negro que se había caído y había quedado atrapado. Se lo mostré, dijo, ¡sí! Entonces traté de tirarlo hacia arriba. Una vez, no llegó, la segunda, tiré tan mal que se fue al patio del cartero. Lo fui a buscar, y le dije, en mi broken Dutch55: “Doy la vuelta y te lo doy por la puerta del frente.” Con mis habilidades de tiradora, es mejor subir la escalera y dárselo en la mano. Eso hice, pero se ve que el chico no me entendió, oh sorpresa, porque no me abría la puerta. Golpeé una vez, nada, dos veces, y después de un rato lo vi venir. Al abrir le dije, aquí está, y él muy contento. Aunque creo que al cerrar la puerta escuché una voz de mujer que lo reprimía…

Al rato, estoy sentada en mi escritorio escribiendo en la computadora, y escucho un leve golpe. Muy leve, tan leve que me levanté y le pregunté a Marcel, ¿escuchaste algo? Y me dijo, golpearon a la puerta. Voy a abrir, y veo a una nena como de seis años, flaquita y rubia de ojos azules, como el nene, parada frente a la puerta, en silencio. Hi! le digo. Me dice en holandés que se les cayó ropa en el patio. ¡Otra vez! Pienso yo. Salgo al patio a buscar, quise decirle a la nena que venga, que entre y la busque ella, pero no me salían las palabras, se me atoran, en holandés, no fluyen… entonces salí yo, y escucho otra vez una voz desde arriba. Miro, y era la mamá, que desde el balcón me decía, hola señora, mi hija fue a su puerta para buscar la ropa… sí, sí, le digo, ya le abrí, busco pero no encuentro, hasta que ella me apunta, veo una media colgada del brazo del Robocop, y salgo para dársela a la nena. Se la doy, la agarra, pero la nena se me queda mirando, como esperando algo, y yo le digo, ¿es eso? Ella no dice nada, pero sigue ahí parada, entonces la miro y le hago el gesto con el dedo pulgar levantado, como diciendo, ¡ok entonces! Y le dije, Het is goed? ¿Está bien? Y como no me decía nada, yo medio que quería cerrar la puerta, entonces le hice chau con la mano… Ay, qué seca, ¡es que no puedo hablar!!!! ¡Se me atora el holandés en la garganta! Ella se da cuenta y se va. Yo me río y le cuento a Marcel. Pobrecita, le decía. No me entendió.

Al rato, rato rato, voy afuera y veo un pantaloncito rosa y otro calzoncillo suspendidos sobre una de nuestras plantas afuera, justo abajo del balcón. ¡Ah! Y ahí entendí. Probablemente la nena no sabía cómo decirme que había más, que faltaban otras, y yo no las vi. Entonces salí por el frente, a la entrada común donde están las escaleras, subí al primer piso, y les dejé la ropa en frente de la puerta sobre unas cajas que todavía tenían esperando ahí afuera.

Al día siguiente, llovía, y encontré una toalla verde empapada en el piso. Subí y se las dejé, sin golpear. Y vamos otra vez…